Mi abuela, mi paruñí



Tariqué zelenó, charó julé, ta rullipatés so pirén

Prado verde, cielo azul, y las ruedas andan 



Dicen que yo nací cuando el mundo se iba a acabar. El siglo daba a su fin y todo el mundo pensaba que era el final. Para mí fue el principio.

Hija, no quiero que dejes de recordar. Quiero que recuerdes quién eres, quién soy yo, quién fue tu padre y quiénes tus abuelos. Y que recuerdes que eres gitana.

Desde que comencé a entender la vida y conocer las cosas, me daba cuenta de que nuestra manera de vivir era la mejor. Yo quería esa vida. De aquí para allá, donde el camino nos llevara. De río en río, de bosque en bosque y también de pueblo en pueblo. El río y el bosque nos daban algo para nuestro sustento, mas era forzoso tener otro tipo de alimentos. Nuestra maña y nuestro arte nos ayudaban a conseguirlos.

Y también el dinero, ese metal por el que somos capaces de matar. No alimenta, pero se necesita; y cuanto más, mejor. En eso nos parecemos todos. Aunque si logras pensar más allá de lo que te dicen, igual tienes otra idea. Pero, ¡cuidado!, tener ideas es peligroso, sobre todo para una mujer.

El caso es que yo pienso, y creo que pienso de más. Desde niña tuve problemas con eso. Mi cabeza corría más deprisa que yo, más libre que yo y mucho más feliz que yo. Mas parece que eso solo me pasa a mí. Entre mis hermanos, hermanas, primos y primas, nadie era como yo.


En las noches tranquilas me quedaba mirando las estrellas y mi mente volaba libre: a veces siguiéndolas a ellas, a veces pensando en las gentes. Unas tan ricas, otras tan pobres, y todas esclavas de su tierra. Nosotros, al menos, no tenemos esas cadenas aunque seamos pobres; nosotros, al menos andamos libres.

Me gustaba cantar y bailar; y también inventar canciones. Pero no las cantaba por vergüenza. La primera vez que lo hice, todo el mundo se rió de mí, y no volví a hacerlo. Aunque mi cabeza sí que lo hacía, y bailaba con mis pies imaginarios mis imaginarias melodías.

Mi vida pasaba cerca del río o de las fuentes, fuera para lavar ropas o acarrear agua. Ese era el trabajo más frecuente: cepillar las bestias, limpiar las carretas, buscar leña, preparar los fuegos y las viandas. Y pensar canciones, tarareándolas flojito, como solo para mí.



De niña recorrí montañas y valles. Pasamos frío y calor, dormimos bajo las estrellas y bajo las nubes, y cruzamos montones de ríos. Nos parábamos en los mejores lugares, en los más protegidos contra las desavenencias del tiempo y en los más cercanos a esos bosques que nos proporcionaban tanto alimento. 

Íbamos recolectando según andábamos. Cuando cruzábamos las ramblas, eran los hinojos; y por las montañas hierbas de las que curan y hierbas de las que obligan, luego el bosque nos daba infinidad de frutos y setas, que habíamos de conocer bien, algunas alimentan el cuerpo, y otras alimentan el espíritu. Y las peores matan. 

¿Son las setas como las personas? Las hay buenas y malas. Debemos conocer la naturaleza si queremos que nos provea, pues tan peligrosa es una serpiente venenosa como una simple baya roja.

Yo seguí las enseñanzas de mi bata, todo lo que sé se lo debo a ella, aunque siempre hay que tener cuidado puesto que no en todos los climas la naturaleza es igual y debemos tratar de comprenderla, adaptarnos a ella y aprender.



La caravana discurría hacia el sur y a poniente había unas enormes montañas con nieve en las cumbres. A levante se alcanzaba a ver una extensión completamente llana y de un azul intenso y penetrante. El sol se reflejaba en ella y dejaba una estela que parecía venir hacia nosotros. Nadie sabía que eso era el mar, ni nadie nos había hablado de él, ni tampoco de lo que proveía a las gentes que se atrevían a adentrarse en él para pescar.

En cada pueblo que visitábamos aprendíamos algo nuevo, pero nunca hubo algo tan maravilloso como el encuentro con el mar y sus gentes. Tomamos un camino que descendía a la costa y nos encontramos un pequeño pueblo donde nos recibieron gustosamente. En la plaza del pueblo cantamos para ellos y les regalamos ramitas de romero. Hablaban otra lengua que desconocíamos, pero nos entendíamos bien, entre tantas palabras de otros reinos que íbamos aprendiendo, siempre había alguna que se parecía un poco. Y los gestos eran lo que más ayudaba. Aprendimos a decir mar, pescado y pescador. Y comimos algo que no habíamos visto jamás. Pescado. Este reino es especial.

Nos dirigimos hacia el poniente buscando el permiso de sus gobernantes. Y conocedores de la tradición cristiana de peregrinar a la tumba de Santiago, nos hacíamos pasar por peregrinos obligados a errar por las tierras por castigo divino.

El patriarca de la caravana se hacía llamar ante los gachés Juan, duque de Egipto Menor, y portaba documentos que demostraban nuestro linaje y que nuestro pueblo debía peregrinar hasta Santiago por orden del Papa. Yo nunca creí esa historia, pero estas artes permitían que nos acogieran en cada pueblo y finalmente que el mismísimo rey Alfonso el Magnánimo, el crayí lachó, nos entregara en Zaragoza un salvoconducto para que fuéramos bien atendidos en sus reinos durante los tres meses de su validez. 



Para aprender la lengua de los gachés de esos reinos nos aprendimos las palabras del folio de memoria gracias a unos mercheros que se habían juntado a nuestra caravana. No eran gitanos pero vivían como gitanos y nos facilitaban el entendimiento con las gentes del lugar. De ellos aprendió Tomás, mi marido, la quincallería. Ellos sabían esa lengua y uno de ellos se había criado con los gachés y aprendió a leer:

A los nobles, amados y fieles nuestros, universales y particulares, gobernadores, justicias, vegueres, subvegueres, bailes, subbailes y cualesquiera otros oficiales y súbditos nuestros, y asimismo a cualesquiera guardas de puertos y de cosas vedadas en cualesquiera partes de nuestros reinos y tierras, a quienes las presentes lleguen y sean presentadas, o a los lugartenientes de aquellos: Salud y afecto. Puesto que nuestro amado y devoto don Johan de Egipto Menor, con nuestra licencia, yendo por diversas partes, pretende pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido, a vosotros y a cada uno de vosotros decimos y mandamos expresamente y con conocimiento cierto, bajo pena de incurrir en nuestra ira e indignación, que dejéis al dicho don Johan de Egipto, y a quienes con él vayan y le acompañen, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, bolsas, talegas y equipajes y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, ir, permanecer y pasar por cualesquiera ciudades, villas, lugares y otras partes de nuestra señoría, a salvo y con seguridad, removida toda contradicción, impedimento y oposición Procurándoles y dándoles seguro pasaje y conducción, si y cuando el dicho don Johan os lo solicitare, durante el presente nuestro salvoconducto, el cual queremos que tenga vigencia durante tres meses, contados continuamente desde el día de la fecha de las presentes en adelante. Dado en Zaragoza, bajo nuestro sello secreto, a 12 días de enero del año de la Natividad de Nuestro Señor mil cuatrocientos veinticinco.

Rey Alfonso.

Franciscus Exaloni,

por mandato regio.


Yo, como mi bata, pensaba que simplemente andábamos sin destino y preferíamos el techo del cielo en la noche más que el del mejor de los palacios. 

Pero debíamos ser precavidos, que el recelo y el miedo a lo diferente puede jugarnos una mala pasada.




Recorríamos esas tierras donde éramos muy bien acogidos, cosa que no duró para siempre, más tarde, las cosas cambiaron. Conocimos muchos pueblos y ciudades de ese reino, que se llamaba Aragón. Así, pasado un tiempo llegamos a una impresionante ciudad amurallada que estaba en una hondonada y se llamaba Daroca. Acampamos cerca, junto al río.



Al día siguiente entramos en la ciudad para buscar la vida. Una enorme y preciosa puerta que nos invitaba a entrar anunciaba un foró magnífico, y así era.

Llevaba ya algunos meses preñada y estaba muy delicada, ya había parido varios hijos e hijas y mi fatigado vientre no daba para más.

Decidimos quedarnos una temporada en Daroca, una preciosa ciudad completamente amurallada al sur de Zaragoza, que es donde nació mi última hija. Corría el año 1428 y comenzaba la primavera.



Entre llantos nos despedimos de la caravana, ellos seguirían el camino aunque no tenían la menor intención de llegar a Santiago. Llegaremos si el camino nos lleva, decían.

Lachó drom —les dije con lágrimas en los ojos deseándoles que el camino fuera bueno.

Venida a menos por las epidemias y las guerras, según decían sus habitantes, la ciudad tenía muchas casas sin habitar y pronto Tomás consiguió una casa en el barrio de la Morería, junto a la puerta principal de la ciudad, la Puerta Fondonera, donde pudo montar su fragua y quincallería y donde pudimos vivir. 

Un noble hidalgo favoreció el trato, más por su propia conveniencia, ya que poseía unas cuadras con docenas de caballos y no había muchos herreros en la ciudad. Así se aseguraba sus herrados y nosotros un techo para la familia.

Pronto supe que había gentes diferentes conviviendo en la misma ciudad, aparte de los gachés. Por un lado, los mudéjares, que adoraban a otro Dios de otra manera, y que vivían todos en el mismo barrio, la Morería, donde estaba nuestra casa. Y por otro, los judíos, a los que se les había obligado a abandonar su credo y convertirse al cristianismo, eran pocos y vivían en un barrio junto al nuestro, la Judería.

Nosotros teníamos a nuestra diosa. No la adorábamos, sino que siempre estaba en nuestra boca: la Devla, pero la manteníamos oculta a los ojos de los gachés, aparentando ser buenos cristianos. Para estas gentes sus credos son lo primero y son temerosos de su Dios, tan diferente de nuestra Devla, a la que jamás temeríamos pues nos guía y protege siempre.

Y para disipar dudas comenzamos a ir a la iglesia cuando sonaban las campanas. Una larga calle nos conducía directamente a la Iglesia Colegial, que nosotros llamamos cangrí. Cuando entré por primera vez, me asombró su altura y su olor, entre incienso y humedad. Nos santiguamos como mandan los preceptos y nos separamos hembras de varones para sentarnos en la última fila de bancos.

Un año después de llegar a Daroca los reyes de Aragón y Castilla se enfrentaron. El comercio en el mercado quedó interrumpido y comenzaron las dificultades. Los campesinos de las tierras cercanas acudieron a la ciudad para refugiarse de los ataques de los castellanos.

Pensamos marcharnos de allí y continuar por los caminos, pero el miedo a los castellanos nos hizo pensar que lo mejor era quedarse. Es mejor que lancen flechas con la muralla por medio que directamente al pecho. Nos sentíamos protegidos y las gentes de la ciudad nos ayudábamos los unos a los otros.

Nuestros vecinos eran mudéjares, y decían que antes, hace siglos, la ciudad era musulmana y ellos eran los que mandaban. En esos tiempos además de los musulmanes había judíos y cristianos a los que les llamaban mozárabes, y todos vivían en paz y prosperidad.

Y nuestros hijos pronto empezaron a jugar con los de los vecinos y a interesarse los unos por los otros. A ellos también les gustaba contar leyendas y cuentos a los más pequeños. Y compartíamos el fuego al anochecer a las puertas de nuestras casas. 



Una noche, el más viejo de ellos, sentado junto a la hoguera, comenzó a relatar:

—Hace mucho, mucho tiempo, el último alcalde de la ciudad, Ibn Gama, construyó un palacio para su amada Melihah, de quien estaba enamorado. Pero ella no le correspondía ya que estaba enamorada de un caballero cristiano, don Jaime Díez de Aux, que estaba cautivo en el castillo.

—Cuando el rey Alfonso el Batallador —continuó—, llegó a Daroca, el prisionero fue liberado y fue en busca de su amada para rescatarla del alcalde y casarse con ella, pero Ibn Gama para evitarlo no dudó en matar a Melihah y echarla al hondo pozo del castillo.

—Pero ¡cuidado! —advirtió—, Melihah sale todas las noches del pozo vestida de blanco portando una luz, recorriendo las murallas buscando a su amado para que la libere de su encantamiento. 

—¡Silencio!, ¿qué es ese ruido? —se puso de pie y preguntó:

—¿Veis esa luz que se mueve por las murallas?

Todos acabábamos muertos de miedo, cerrando los puños unos y otros abrazándose.

A Tomás no le faltaba trabajo, desde herraduras hasta pendientes, todo lo hacía. Atendía lo urgente con celeridad y el resto del tiempo lo ocupaba tranquilamente haciendo alhajas de las nuestras, que a las mujeres de la Morería encantaban, aunque eran sus maridos o pretendientes quienes las compraban o las encargaban.



La fragua de Tomás estaba junto a la puerta, y desde la calle se oía el martillo antes de ver el fuego. Yo me acercaba a llevarle agua o algo de pan, y me quedaba un rato mirándolo. 

Sus fuertes brazos acababan en unas ennegrecidas manos y su golpear el hierro marcaba un soniquete triste sobre el que canturreaba. El sudor se mezclaba con las cenizas.

—¿Otra vez aquí, romí? —me decía sin levantar la vista.

—Vengo a verte trabajar.

—Pues ya me has visto. Vete a lo tuyo.

Pero yo sabía que le gustaba tenerme cerca. Lo sabía por la forma en que me miraba de reojo, por la sonrisa que se le escapaba cuando creía que yo no lo veía. Y porque cuando terminaba la pieza, siempre me la enseñaba. Una herradura, un clavo, una sortija. Lo que fuera. Como si cada cosa que hacía tuviera que pasar por mis ojos antes de que la diera por buena.

Una tarde le llevé a Nebí en brazos, chiquitina, envuelta en una manta. Él dejó el martillo, se limpió las manos en el delantal y la cogió con un cuidado que no había tenido nunca con el hierro.

Se quedó mirándola un buen rato, sin decir nada más. Yo no sabía si estaba feliz o asustado. Quizás las dos cosas. Porque un hombre que trabaja el hierro sabe lo que es el fuego, y sabe que la vida también quema.

Yo cosía monedas a ropas o pañuelos con los que solíamos vestir, y recogía hierbas por los alrededores.

Me dedicaba a nuestra casa, añoraba lavar en el río, añoraba las hogueras, y añoraba las noches de fiesta. Pero me adapté a esa vida tranquila y sin sobresaltos. Aprendí la cocina mudéjar y también sus maravillosos dulces que no tenían nada que ver con nuestros potajes de hinojos.

En los alrededores de Daroca había muchas huertas serpenteando el río y cosechaban todo tipo de viandas. Nosotros teníamos gallinas y una cabra. Y yo acudía al mercado, cuando lo había, para comprar alimentos para nuestro sustento y vender las alhajas que hacía Tomás con tanto esmero.

Siempre me pedían la buenaventura que yo daba con mucho gusto a cambio de la voluntad. Que la bají no ha de echarse sin gratificación, pero no se le debe poner precio. 


Una tarde encontré a Nebí sentada en el patio, con un libro de los de Muhammad abierto sobre las rodillas. No levantó la vista cuando entré. Estaba tan metida en sus letras que el mundo podía haberse caído a su alrededor y ella ni se habría enterado.

—Nebí.

Bata.

—¿Qué lees?

—No lo entenderías.

Me quedé quieta. No lo dijo con maldad. Lo dijo como quien sabe la verdad. Y eso me dolió más.

—¿Tan tonta me crees?

Entonces levantó la vista, y en sus ojos había algo que no supe leer. Era una mirada dulce, sí. Pero también lejana. Como si estuviera en otro sitio, uno al que yo no podía llegar.

—No eres tonta, bata. Es que esto está en árabe.

—¿Y qué dice?

—Dice que el mundo es redondo.

—Eso ya lo sé —mentí.

Nebí sonrió. Una sonrisa de niña, a pesar de todo. Y volvió a su libro.

—Deberías casarte —le dije. No sé por qué lo dije. Quizás porque la veía tan sola. Quizás porque tenía miedo.

—¿Para qué?

—Para tener hijos. Para no quedarte sola.

—No estoy sola —repuso, sin mirarme—. Estoy con mis libros.

Y yo me quedé allí, de pie, mirándola leer. Pensando que mi hija era como un río que se me escapaba entre los dedos, y que por más que quisiera retenerla, ella ya había elegido su cauce.

Echaba de menos los nietos que debería haberme dado ya, ¡hace tanto tiempo que debería haberse casado! ¿Qué designios le esperarán? Ella ya es una moza vieja o como decimos nosotros, musardí purí.

Y así, entre libros y silencios, Nebí se hizo mujer. Y yo, mientras la miraba crecer, empecé a temer por ella. Presentía el peligro y era algo que ponía mi alma en vilo. Cada vez que tomaba su mano, leía sus manos sin que ella se diera cuenta. Unas líneas que delataban lo que sucedería. ¿Se cumpliría el presagio de lo que había visto en sus manos?

Nebí se crió de forma diferente a nosotros, sabía muchas cosas que nosotros ignoramos. Leía y escribía. Y además lo hacía en árabe, latín y las lenguas de los cristianos. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, se expresaba a veces de modo que no entendíamos del todo. Luego se disculpaba.

—Perdona, bata. No debo hablar así. Mi pensamiento pone palabras en mi boca que en realidad no quiero decir.

Además no se quería casar. Sé que no hubiera podido hacerlo con un mozo gitano, porque somos los únicos gitanos de Daroca. Pero Muhammad, el hijo de nuestra vecina, podría haber sido un buen marido para ella. Trabajador, honrado y muy cariñoso con su familia y la nuestra. Y siempre pendiente de Nebí.

Pero ella prefería sus libros, los que le traía Muhammad y leían juntos. Y yo creía que eso podía ser peligroso, ya que sabía por Fátima el gusto por ver los libros árabes arder que tenían algunos cristianos.

Nebí miraba diferente, hacia dentro, hacia el fondo de las personas, pero lo hacía con una mirada dulce de la que no hay que temer.

He conocido a muchas gitanas que te leían el alma con solo mirarte, pero su mirada producía miedo. Quizás por el temor que nos producen los sabios.

La ciudad que nos acogió era una maravilla. Poco a poco olvidábamos la vida por los caminos y nos atábamos a la comodidad de un techo, sin padecer frío ni calor, sin mojarnos por la lluvia y sin luchar contra esos vientos que hacían que nuestras tiendas se levantaran.

Y, sobre todo, ya no teníamos que temer por nuestros hijos. No era lo mismo la naturaleza y sus peligros para los chaborrillos que una casa donde vivir.

No era lo mismo ir al mercado que esperar a que alguien trajera algo para la cazuela cuando íbamos por los caminos. A algunos chavales se les daba bien la caza; otros sabían recolectar en los lindes de los sembrados sin ser vistos.

Y otros, los más valientes, se ocupaban de randelar lo que podían: gallinas, cabritos y hasta cerdos. Y creo que esta fue nuestra perdición. ¿O fue el hambre que obligaba?

Pero aquí, mis hijos, no tuvieron la necesidad de andar en busca de lo ajeno. Creo que, por la influencia de nuestros vecinos, se criaron, según decían, como buenos musulmanes sin serlo.

Los mudéjares no roban. Si alguien roba, su ley le cortará la mano. Y allí no vi manco alguno.

En Daroca nuestra vida transcurrió tranquila.

Pero nuestros vecinos, aunque hijos de esas tierras se sentían rechazados.

Mi vecina Fátima me contaba que cuando sus antepasados eran los dueños de esas tierras y vivían en paz hace muchísimos años, llegaron las guerras y perdieron su autoridad. Un rey cristiano sustituyó al califa. Y todo cambió, aunque les dejaron seguir viviendo en sus casas. Poco a poco quisieron que se convirtieran en gentes como ellos y olvidaran sus costumbres, pero ellos se mantuvieron firmes a su tradición.

Hacía unos años que comenzaron a llegar nuevos judíos a la ciudad. Se establecieron en la nueva judería en la parte alta de la ciudad junto al castillo y con acceso a la Puerta Somera, que era la puerta alta. Comenzaron a construir una sinagoga, que sería el templo donde adoraban a su dios, que era el mismo de los cristianos. 

Nuestros vecinos nos contaron que hacía muchos años que habían expulsado a los judíos que no se convirtieron al cristianismo de Daroca, pero que ahora les dejaron volver y el mismísimo rey Juan les dio terreno para que vivieran e hicieran su templo.

Entre esas gentes llegaron muchos artesanos, tejedores y sastres, curtidores y zapateros, comerciantes y también plateros y orfebres. Su buen oficio provocó que nuestras alhajas dejaran de venderse como antes y nuestras ganancias mermaron. A Tomás solo le quedaron los herrajes y las rejas, que los hacía con mucho esmero, pero era cosa de un solo encargo: una casa con sus rejas ya no necesitaba más.

El mercado de Daroca era un hervidero. Olía a especias, a pescado salado, a cuero recién curtido. Las voces se mezclaban: el árabe de los mudéjares y las lenguas de los arrieros que venían de Valencia o de Zaragoza.

Yo extendía un paño en el suelo y colocaba encima las alhajas de Tomás. Sortijas, zarcillos y alguna pulsera. Cosas pequeñas, pero hechas con esmero.

Aquella mañana se acercó una mujer. Iba bien vestida, con un pañuelo de seda y las manos cuidadas. Miró las sortijas un buen rato. Cogió una, la sopesó, se la probó. Yo sonreí.

—Es bonita —dije—. La hizo mi marido.

La mujer no respondió. Dejó la sortija sobre el paño, despacio, como si le pesara. Y se fue.

La seguí con la mirada. Tres puestos más allá había un platero judío, con sus alhajas brillando al sol. La mujer se detuvo allí. Habló con él. Y compró.

Volvió a pasar junto a mí con la sortija nueva en el dedo. No me miró. Yo tampoco dije nada. Pero sentí algo en el pecho que no era rabia, ni envidia. Era algo peor. Era la certeza de que, hiciera lo que hiciera, nunca sería suficiente.

Esa noche se lo conté a Tomás.

—No importa —dijo él.

—Sí importa.

—Tenemos techo. Tenemos qué comer. Lo demás da igual.

Pero no daba igual. Yo lo sabía. Y estoy segura de que él también.



Corría el año 1460 cuando un día llegó a Daroca una caravana de gitanos que acamparon a extramuros. Llegaron cantando y tocando panderos por las calles hasta llegar a una concurrida plaza donde comenzaron sus bailes y sus adivinamientos. No les conocía, pero sabía que eran gitanos como nosotros.

Me acerqué a una de las mujeres, que andaría por mi edad y deslumbraba con una belleza perturbadora.

Le pregunté:

Lachó divé, planorí, e duque abillais? Buenos días hermana, ¿de dónde venís?

Mostró su sonrisa y respondió:

Lachó divé, romí, man sis Sabina ta ocona sin minrí suetí. Buenos días gitana, soy Sabina y esta es mi gente.

Los colgantes de su pañuelo acompañaban el brillo de sus ojos negros y su pelo, libre al viento, era igual de negro, calé bal, pensé. Y me alegré de poder hablar de nuevo nuestra lengua, la chipí calí, la cual guardábamos celosamente para nuestra intimidad para no irritar a los gachés.

Me dijo que habían seguido el curso del río Xiloca desde su final en Calatayud y me pidió que les visitara con mi familia esa noche a su campamento, indicándome que habían acampado río abajo junto a unas arboledas.

Corrí a avisar y todos bajaron a la plaza a disfrutar del encanto de sus primos. A la noche, llegamos al campamento donde nos acogieron con la hospitalidad de nuestras gentes. Les ofrecí como regalo unas cuantas sortijas y zarcillos de los que hacía Tomás. Nos dieron de comer y de beber y todo fue puchelar, preguntar y preguntar. 

Les conté que llevábamos varios años viviendo en esta ciudad porque antes de tener a mi hija Nebí estaba muy débil y necesitaba descansar. Y que nos dejaron una quer para vivir y trabajar cómodamente. Así es que aquí estamos hasta hoy. Undebel lo cameló andiar, cosa que yo a los gachés decía: Dios lo quiso así. 

Hablar caló de nuevo con tranquilidad transportó mi mente a mi niñez, cuando era la única lengua que escuchaba y también la única que hablaba.

Cuando comenzaron a sonar los violines y a bailar los chaborrillos, me acordé de mi fuga. De cuando nos envolvimos en la quietud del bosque para que surgiera nuestro amor. Y de los felices tiempos en los que el camino era nuestra única y feliz vida.

—A dónde vais? —pregunté con curiosidad.

Sabina contestó:

—Pues seguiremos el río y Undebel penará.

De nuevo me invadió la nostalgia.

Esa noche, al llegar a casa, hablé con Tomás, que era mi hombre, y le pregunté si no echaba de menos la vida en el camino. Él me miró, sabiendo perfectamente lo que yo quería. 

—Además, —continué— sería una oportunidad para encontrar un marido para Nebí. Ya has visto la cantidad de chavales que van en la caravana.

El patriarca se llamaba Jacobo y se hacía llamar también conde de Egipto Menor. Era primo de Juan de Egipto Menor por lo que nosotros éramos primos suyos también.

Durante su estancia en Daroca, cada noche les visitábamos y al regresar a casa y entrar por el patio, sentíamos una tremenda nostalgia al ver nuestra vieja carreta bajo unas polvorientas mantas. La sonrisa de Tomás me tranquilizaba, yo ya sabía que él también añoraba el traqueteo y tintineo de nuestro vardó, que así lo llamamos.

Al llegar la primavera, tocaron a nuestra puerta con insistencia. Era Jacobo que traía orgulloso un folio con un salvoconducto firmado y dado por el rey Juan el Grande, el crayí baró. Le pregunté si sabía leerlo y me miró con extrañeza.

—¿Desde cuándo leemos los gitanos, prima? —contestó con una expresión de incomodidad y orgullo.

—Mi hija Nebí sabe leer —repuse—, y también la lengua árabe. No vendría mal que lo leyera a ver si ese crayí te jonjabanó. O ¿crees que todos los gachés, sean nobles o pobres, dicen siempre la verdad?

­—¡Nebí! —grité­­—, ¡ven enseguida!

Cuando tomó el documento y posó sus negros ojos en él, sonrió.

­—¡Está en latín! —exclamó. La chipí con la que pena el arajai andre cangrí.

Todos se quedaron con la boca abierta. Nosotros sabíamos que algo leía, ya que siempre andaba con los libros que le dejaba Muhammad, el hijo de nuestro vecino y también visitaba la iglesia sin que supiéramos para qué. Pero que hubiera llegado a entender hasta el latín que hablaba el cura en la iglesia fue toda una sorpresa.

Lo leyó cuidadosamente y cuando terminó levantó la vista y dijo:

—No sé mucho latín, pero creo que sí es un salvoconducto —y continuó—  «tenéis permiso real para transitar, habitar y estar en las tierras del reino de Aragón con toda vuestra familia y lo que llevarais, caballos, equipajes, oro, sin que se les obligue a pagar peaje u otro impuesto durante su recorrido».

Entonces Tomás, le preguntó a Jacobo:

­—Primo, ¿podríamos unirnos a vuestra caravana y compartir el camino?

—Con mucho gusto —contestó Jacobo—. De seguro echáis de menos la vida en libertad y los caminos, la mestipén ta o drom, y ahora tenemos papeles. De ahí nuestra expresión gitana para las despedidas tras los encuentros, salud y papeles, sastipén ta lí.

Alegre, nos indicó que saldrían al camino en unos días y agradeció a Nebí su lectura, la cual le tranquilizó. 

El crayí baró sinela lachó —añadió.



Destapamos la carreta y se nos llenaron los ojos de lágrimas. Tantos recuerdos, tantas vivencias. Todos nuestros hijos nacieron al pie de esta carreta, menos Nebí, por eso quizás es tan diferente. Tanto que hasta parece una gachí. Ella no ha conocido el camino, el drom, como nosotros le llamamos. Ella ha vivido siempre bajo techo en esta ciudad y no conoce las venturas y desventuras de las sendas.

Esa noche no pudimos dormir. Nuestra estancia en Daroca llegó a su fin. Media vida por los caminos y la otra media viviendo en una ciudad. Había vivido dos vidas ya y ahora regresaba a la primera. 

Aunque teníamos ya cierta edad, Tomás y yo estábamos suficientemente fuertes como para luchar con las adversidades de los caminos.

Teníamos dos mulas para la carreta, una cabra y dos cabritos y también nos llevaríamos las gallinas. Pero conociendo las fatigas que nos esperan, espero mantener al menos la cabra para que mis nietos tengan su leche, o para fabricar quesos frescos añadiéndole un poco de limón o vinagre a la leche hervida.

Al alba nos pusimos a recoger todo lo nuestro, que no era mucho. Ropas, mantas y alguna alfombra. Y los aperos para la comida. Tomás limpió la carreta entre recuerdos de cuando él era joven y con ayuda de su padre y sus propias manos la construyeron. Arregló algunas cosas que andaban rotas del tiempo.

Abracé a Fátima despidiéndome de ella y le agradecí lo mucho que nos había ayudado con todo su amor. Bendecí a sus hijos y a su marido, a los que siempre recordaría.

Salieron a la puerta para darnos su último adiós.

Ma as-salama. Id en paz —dijeron.

Undebel nos ajile. Dios nos asista —respondí.



Así salimos de Daroca. Durante un tiempo, el camino fue bueno. Volvimos a ser lo que habíamos sido. Pero poco a poco las cosas iban cambiando. 

El traqueteo de las carretas y el cacharreo de las sartenes que colgaban me devolvieron a mi juventud. Pensaba en mis padres, mis abuelos, hermanos, primos. Añoraba a tanta gente que no volvimos a ver desde que nos quedamos en Daroca, y también temía por ellos.

Les habría ido bien el camino o habrían tenido algún problema. ¿Estarían todos vivos? Mis padres debían ser ya muy mayores y mis abuelos quizás faltarían. ¿Qué habría sido de todos? ¿Por qué no regresaron nunca para visitarnos?

Quienes sí tuvimos problemas fuimos nosotros. Un día, nuestra caravana fue asaltada, cocinábamos para comer cuando llegaron. Nos pegaron con sus varas y, después de tirar el perol con la comida, empezaron a coger los palos que ardían. 

Comenzaron a dar patadas a todas nuestras cosas, volaban las banquetas e intentaban retener las bestias que huyeron con nosotros.

Dirigiéndose a nuestras carretas fueron quemándolas una a una. Nuestros perros les ladraban y ellos respondían apaleándolos. Sacaban nuestros ajuares de las carretas y los fueron echando en el fuego. Nuestras ropas ardían. Nuestra vida ardía. Nuestros recuerdos no arderían. 

Gritaban como salvajes, nos miraban con odio y hacían gestos amenazantes para que huyéramos. No nos quisieron matar. Podían haberlo hecho. Lo que querían es que nos fuéramos de sus tierras. No consiguieron echarnos, pero nosotros, por precaución, nos mantuvimos lejos de ellos.

Todos salimos despavoridos monte arriba, y cuando nos pudimos reunir de nuevo la eché en falta. Nebí no estaba. 

—¡¿Y mi hija?!, ¡mi hija! ¡Chaborrí!, ¡muri chai!—gritaba. ¿Se cumplía el mal presagio en las líneas de su mano?

No la volvimos a ver.

De lejos, el humo dejaba una estela de miedo. ¿Qué haríamos ahora? Sin carretas, ajuares ni ropa.

¿Qué haré yo ahora sin mi hija?

Tomás no paraba de abrazarme, y me decía:

—Ten calma. Nebí es muy lista y seguro que nos encontrará. Y seguro que está bien. Si la hubieran matado, nuestros corazones lo sentirían.

—He sido maldecida por mis deseos. Yo he provocado esta pérdida y soy la única culpable —repuse.

Cada noche se convirtió en un mar de pesadumbres. En vez de descansar, pensábamos en ella y en la maldita hora que salimos de Daroca.

Las estrellas del cielo se unían en mi mente, trazando las líneas de la mano de Nebí. Las conocía de memoria, como si fueran el mapa de su destino.

—El camino, el camino… ¡Maldito camino! —me repetía. Y todo por encontrarle un marido gitano a mi chaborrí. Esa es mi culpa por egoísta. He sido maldecida por mis propios deseos.

A partir de entonces, el camino se volvió otra cosa, una senda oscura y triste que no sé a qué nuevos pesares nos llevaría. Caminábamos, sí, pero ya no era lo mismo. De la buena disposición de los gachés a acogernos se pasó al recelo y al rechazo. Ya no éramos bien recibidos y buscar la vida se volvió tan difícil que solo nos quedó el robo y el engaño como forma de sobrevivir.

La caravana de Jacobo se fue separando poco a poco. Unos quisieron desandar sus pasos y otros buscar ventura por otros lugares. Cada vez éramos más vulnerables.

Evitábamos el contacto con los gachés, pero no con sus pertenencias. Y el camino se volvió oscuro y tortuoso.

Mi hija estaba siempre en mi cabeza. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Seguirá viva?

Los asaltos a nuestro campamento se repetían más de lo que deseábamos. Nos defendíamos como podíamos. Siempre con todo preparado para salir corriendo. Y en más de una ocasión ocurrió lo peor. Nos maraban.



Entre tanto pesar, un día a las afueras de Lugo, tras sentarnos a comer lo poco que había, el día se tornó noche. Salimos corriendo buscando el refugio de unas rocas cercanas. Y nos pusimos a rezar. ¿Sería este el fin del mundo que las gentes anunciaban cuando nació mi bata?

Los pájaros dejaron de cantar y se produjo un silencio en la naturaleza, ni se escuchaban las ramas de los árboles. Todo quedó en quietud y el aire refrescó.

Al rato la luz volvió y mágicamente los pájaros y animales continuaron con sus sones. Nos mirábamos con el miedo en nuestras miradas, nadie quiso decir nada.

¿Qué habría pasado?

Sin duda era un mal presagio.

¿Podrán empeorar más las cosas?

¿Qué será peor que haber perdido a una hija?


Mi nombre es Jaya, que significa victoria, y nunca tuve que ponerme un nombre cristiano. Tampoco sé dónde nací ni mi edad. Y sé que mi hija vive. Pero eso lo contará ella mejor que yo.

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