Mi madre, mi bata
Garabela tus fachós
Guarda tus recuerdos
Sigo corriendo y ya no puedo ni respirar, el corazón me sale por la boca y me duelen los costados. Tengo los pies destrozados, tuve que salir descalza y mi vida vale más que un par de zapatos. Llego a un sembrado de trigo, me meto y me escondo tumbada en el suelo. Creo que nadie me ha seguido. Al menos ya no oigo sus perros, aunque sí veo una gran humareda que viene de donde tenemos el campamento.
Me quedo quieta un buen rato. Miro el cielo, que se deja ver entre las doradas espigas, y temo por mi gente. ¿Qué habrá pasado? ¿Quién era esa gente que nos gritaba y golpeaba? ¿Habrá sido por las gallinas que pelaban las mujeres? No sé muy bien de dónde llegaron ni qué primo las trajo, pero las gallinas no van sueltas por ahí, no son como los conejos.
Tengo un mal presagio. Como mi abuela, yo también los tengo, aunque nunca lo admito. Mi abuela me decía:
—Tú también diquelas la bají.
Yo siempre lo negaba con una sonrisa. No quería saber nada de buenaventuras.
No oigo nada más que el canto de los pájaros desde hace un buen rato. Quiero volver al campamento, pero el miedo me detiene. El humo sigue. ¿Qué habrán quemado? Me temo lo peor. Ya nos habían avisado unos primos con los que nos cruzamos por estos caminos, ahora peligrosos, de que los gachés habían quemado un campamento gitano y matado a dos primos nuestros. La cabeza ordena las ideas como quiere.
Pasado un rato, veo que el humo ya no se ve y me decido a salir. Entro de nuevo en el bosque. Lo conozco bien porque llevamos varios días acampados allí y lo recorro a diario buscando leña, zarzamoras, setas y toda clase de yerbas que mi abuela nos enseñó a distinguir desde pequeñas.
No hay nadie. El campamento está arrasado. No queda rastro de nadie. Los peroles tirados, algunas ropas salvadas, unos zapatos que me vienen bien aunque no sean del mismo color ni forma. Se salvaron algunas azafas, ollas y peroles y todo lo que era de metal. Pero no hay dinero. Eso siempre lo llevamos a mano aunque no se necesite. ¿Huyeron? ¿Los capturaron? ¿Corrieron hacia otro lado?
Comienzo a correr por medio del campo, como ellos habrían hecho tras el ataque. ¿Me guiaba el miedo o la intuición? Cambié de dirección. Estaba angustiada. Y volví a fatigarme hasta que me senté en una peña y arranqué a llorar. ¿Me estarían buscando o seguirían corriendo? Con el miedo quizás nadie me echó en falta. Atardecía. Menos mal que pude coger algo de abrigo y una manta. Los grillos hicieron que el silencio cesara. No sabía qué hacer ni qué dirección tomar. Andé un poco más hasta que escuché el sonido del agua. Me acerqué. Era una fuente y no había nadie. Bebí un poco y me lavé también. La pañí, el mejor de los regalos de la naturaleza.
Un poco más arriba había un abrigo entre las rocas, nosotros llamamos acruñé a un resguardo como este, que viene de acruñar que es abrigar. Y a veces en los caminos, los buscábamos para hacer noche y no tener que montar tantas tiendas.
El caló es una lengua bonita, y fácil. A la gente no le gusta que hablemos nuestra lengua. Y no sé la razón. ¿O sí? Lo cierto es que nosotros también evitamos hablar caló delante de los gachés, y si se habla es para que no nos entiendan, por bromear sobre ellos o buscar la forma de sacarles algún beneficio. Recordando esto, evitaré estas palabras. Si puedo.
Apenas dormí. Impaciente esperaba que apareciera el primer rayo de sol, pero el fulgor de las estrellas duró una eternidad. Solo quería salir a buscar a mi gente. Los había perdido y seguro que había tomado la dirección equivocada.
Estuve vagando varios días, siempre en dirección al sur. Los gitanos de la caravana de Jacobo me hablaron de un reino en el sur donde todo estaba hecho de oro. Y aunque yo pensé que eso era una fábula, tomé esa dirección.
Estaba perdida.
Mi bata me decía que había andado por muchas tierras de estos reinos y había visto que sus gentes no hablaban igual. ¿Qué pasará cuando vayan a otras tierras? ¿Tampoco les gustará su lengua? Tememos lo diferente, tanto que a veces lo odiamos, sobre todo cuando nos hacen daño, que es mi caso. Llevo toda mi vida sintiendo el rechazo. Pero mi bata decía que no siempre fue así.
Me contó que sus abuelos y los abuelos de sus abuelos vivieron siempre en salud y libertad, que andaban por los caminos y siempre eran bien recibidos en cada pueblo a donde llegaban. Que acudía todo el mundo a la plaza a mirar nuestras azafas y peroles para comprarlos mientras las mujeres bien bailaban o bien echaban la bají, que es la buentura. Echaban las cartas o leían las manos, regalando siempre una sonrisa y una ramita de romero.
Me contó que no temían nada en la noche y que cantaban y bailaban a la luz de las hogueras, en un trance que elevaba sus almas junto al humo del yaque, que es el fuego.
Dormían hasta que querían y el camino era su vida. A veces acampaban varios días si el lugar era bueno. Y a veces nos encontrábamos con primos que venían de otras direcciones. Cuando era así, la fiesta estaba asegurada. Sonaban los violines, y todo el mundo cantaba y bailaba. Aunque esas ocasiones al día siguiente podían ser peligrosas. No era extraño que alguna moza se escapara con algún mozo que había conocido por primera vez y le enamoró. Al día siguiente las familias discutían. ¡Tu hijo se ha llevado a mi hija! ¡Como me la haya desgraciado, lo mato! Y de ahí a la chingaripén, que es la guerra. Finalmente los ánimos se calman cuando aparece la moza con su pañuelo y sus tres rosas. Entonces todo el mundo se abraza y se besa y empezamos a cantar las arboreás, que es el cante de las bodas. La fiesta dura mientras haya comida y vino.
Era normal que cuando unos muchachos se gustaran, jugaran a perderse en la oscuridad del bosque, silbando. Así se casó mi bata. En una feria de los gachés coincidieron varias caravanas de gitanos. Mi familia era de quincalleros y herreros, o chisperos, como también nos decían. La primera noche de reunión vio a su gitano. Porque las gitanas somos las que elegimos.
Mirar todos miran, que mirar no duele, pero nosotras buscamos otra cosa diferente a lo que buscan ellos. Buscamos un hombre con el que caminar toda la vida, a quien trataremos como un rey, y que a nosotras nos trate como una reina. Con quien reiremos y lloraremos. Y tendremos hijos, que es lo más bonito del mundo. ¿Qué otra cosa es la vida? Caminar buscando un buen lugar y viviendo cada día como si fuera el último.
Bailaron frente a frente y no se separaron en toda la noche a escondidas, hasta que él la cogió de la mano y, guiñándole un ojo, le dijo haciendo un gesto con la cabeza:
—Vamos.
Y ella se fue con él. Jugaron a esconderse hasta que él la cogió por detrás y la abrazó. Ella sintió su aliento en el cuello y se dejó llevar. A la mañana siguiente llegó a la tienda donde dormían sus padres. Él iba detrás de ella. Cuando despertó a su madre comenzó a gritar:
—¡Mi hija!, ¡Mi hija!, ¡Mi hija!
¡Ya lo sabía! Su padre le tiró una piedra que le dio en la cabeza. Comenzó a sangrar. Los gitanos comenzaron a despertarse, las mujeres gritaban e hicieron un corro rodeándonos. Él permanecía en el suelo sangrando. De repente apareció su familia. ¡Mi hijo!, ¡Mi hijo!, ¡Me lo ha marao! ¡Lo tasabeló! Entonces Tomás, que así se llamaba tu abuelo, se levantó y dijo:
—Padre, quiero a esta niña y me la llevé anoche.
Su padre quiso poner paz. ¡Ya está bien! ¡Dosta!
—Primo, con todo el respeto, mi hijo quiere a tu hija y por eso se la llevó. Y tu hija os trajo sus tres rosas, que es una bendición. Aquí lo tienes como hijo lo mismo que tu hija también será nuestra. Amarí chaborrí. No mucho tiempo después nací yo y mi casamiento fue muy diferente.
Al día siguiente, con agua en el estómago solamente, comencé a caminar al lado del camino y aprovechaba las zarzamoras que ya comenzaban a madurar. Con eso disipé mi hambre un poco. Tenía miedo de encontrarme con alguien que me atacara. Pasó un gaché con dos vacas camino arriba, a mí se me hacía la boca agua de pensar en esa leche. Así que dejé de pensar en los alimentos y me limité a seguir adelante con cautela.
Me acordaba de mi niñez en Daroca, del laberinto de sus calles por las que corríamos jugando al pillar y saltando. Recordaba sus torres que contábamos una a una hasta llegar a ciento catorce. Recorríamos la muralla a extramuros y bebíamos de alguna de las fuentes que regalaban aguas cristalinas.
Mis hermanos y yo nos juntábamos con los hijos de Fátima, nuestra vecina, y jugábamos libremente ajenos a todo, siempre estábamos juntos. Correteábamos recorriendo las murallas y coronábamos las empinadas laderas del castillo para rodearlo jugando a conquistar la fortaleza.
Corríamos a escondernos por los callizos de la Morería, donde hacíamos nuestras reuniones secretas y dábamos rienda suelta a nuestra imaginación en la penumbra.
¡Qué diferente niñez tuvieron mis padres! Cuando eran niños no tenían tantas distracciones, su vida consistía en andar, acampar, ir a por leña y, luego a la noche, en el caso de mi bata, sufrir por no poder cantar, lo que le oprimía el pecho tanto que llegaba a dolerle.
En verano o invierno, el agua de los lavaderos estaba congelada. Mientras lavaban la ropa, las mujeres no paraban de contar chismes sobre una, chismes sobre otra. ¡¿Qué dirían sobre mí?! Nada me importaba, ya que las mentes desocupadas se ocupan con los chismes y realmente lo hacen sin maldad, solo por ocupar su tiempo.
Mientras las mujeres lavaban sus ropas, los niños correteaban cerca, y cuando llegaba algún arriero para que sus mulas abrevasen, les rodeaban y le gastaban bromas.
Cuando fuimos un poco más mayores, comenzamos a explorar el mundo que había a extramuros. Los siete molinos con sus norias que nunca paraban. Allí molían la harina con la que hacíamos nuestros panes.
Unos años más tarde todo mejoró, y la Morería prosperaba. Venían e iban arrieros sin cesar. De Valencia a Zaragoza, Daroca era paso obligado, y una ciudad a la que abastecer igualmente. Las mulas de los mudéjares eran las dueñas de todos los caminos.
Se llevaban cereales y nos traían finos paños, azúcar, especias y pescados en salazón.
En Daroca lo que más me sorprendió fue escuchar esa enorme máquina de música que casi ensordecía con sus sonidos a flautas o violines graves. ¿Cómo habrán logrado construir esa extraña máquina de música con ese montón de tubos de diferentes grosores?
Su música es envolvente y solemne, muy diferente a la nuestra tan alegre o triste. Era música para el alma y no para los pies. Y allí sería del todo impropio ponerse a bailar. Me dejaba llevar por mis pensamientos. Nadie escuchaba al cura, pero todos permanecíamos atentos, imitando los movimientos que las gentes hacían, ahora de pie, ahora de rodillas o ahora santiguándonos.
Junto a la Morería había un barrio que estaba casi en ruinas. Muhammad decía que era la Judería y nos perdíamos en él para escondernos y también buscar tesoros. Y que los judíos, antes de irse hace unos años, habían escondido sus tesoros bajo sus casas.
A veces recorríamos las casas en ruina buscando con palos por la tierra, por si encontrábamos algo. Y así fue: un día encontré un colgante con una estrella. Conté sus puntas y eran seis. ¿Sería de oro? Pensaba que había encontrado algo muy valioso pero al llegar esa tarde a casa y mostrárselo a mi padre, me miró desmintiendo:
—Hija, no. No es de oro. Pero seguro que es muy valioso —añadió.
Cada noche nos reuníamos con nuestros vecinos y al abrigo del fuego, hombres y mujeres contaban leyendas y cuentos que a mí siempre me tenían embobada. Me fascinaba el poder de la palabra. Nos puede hacer reír y también nos hace llorar, nos hace estar en calma y también sentir miedo.
Yo crecí con esas historias y ellos fueron mis hermanos, Muhammad, Rauf, Said y Zainab. Aprendí a leer su lengua, y también la de los cristianos, aunque en cuanto a escrituras, la belleza de la lengua árabe supera con creces a la cristiana.
Creo que nuestras leyes en cierto modo me vinieron bien. Yo no quería casarme, pero mi bata siempre decía: gaché gachensa, rom romensa. Seguro que ahora añadiría: corajay, corajayensa. Vamos, que nosotras sólo nos casamos con nosotros.
Y los únicos gitanos que había en Daroca éramos nosotros, salvo alguna caravana que, de tarde en tarde, pasaba. Hecho que yo aprovechaba para esconderme por las torres de las murallas con mi vecina Zainab. Allí hablábamos de lo deseable del amor y de sus ventajas e inconvenientes. También recordábamos la leyenda de la mora. ¿Y si nos llegáramos a enamorar de alguien que por la locura de los celos llegara a degollarnos?
Pude leer el Corán y también la Biblia para acabar dándome cuenta de que ambos libros eran iguales: perseguían la paz. Yo me preguntaba: ¿y si persiguen la paz, por qué tanta guerra? Nuestra Devla no tiene libro ni nosotros escribimos. Toda nuestra historia y nuestras creencias están en nuestra memoria. Por eso hay que recordar siempre. Undebel nos guía y la Devla nos protege.
Pude leer tratados de medicina en árabe, entender las dolencias y aprender las curas. Me sorprendió ver que muchos de nuestros remedios también los conocían ellos, pero, sin duda, aprendí mucho más y, llegado un tiempo, pude ayudar a mucha gente a remediar sus males.
Me gustaban los libros. Se habían convertido en mi pasión, pero era algo que debía mantener oculto. Primero por mi familia: ni padres ni hermanos ni hermanas sabían leer, y cuando entraba con algún libro de Muhammad se reían de mí. Yo les decía que me gustaba como olía.
Uno de los niños de los gachés con el que jugábamos era monacillo, y sus labores eran ayudar al cura en todo lo que necesitaba, era sus pies y sus manos.
Como nos veía algunas veces a Muhammad y a mí con algún libro, un día nos dijo con un poco de desafecto:
—Esos libros que leéis no son buenos.
Muhammad le contestó preguntándole:
—¿No son buenos para qué?
El monacillo no supo contestar. Al rato dijo:
—Eso dice el cura —contestó bajando la mirada.
—¿Y qué más dice tu arajai? —pregunté yo.
—Dice que judíos y moros tienen rabo.
Muhammad y yo nos echamos a reír.
—¿Rabo? ¿Qué rabo? ¿Quieres que te enseñe el culo?
El monacillo creía todo lo que le decían y Muhammad me dijo que era verdad que la gente pensaba que lo tenían.
Yo quise averiguar y pregunté al monacillo:
—Pero ¿tú has visto un libro en tu vida?
—En la iglesia hay un cuarto donde hay muchos.
A mí se me encendieron las pupilas y respiré hondo.
—¿Muchos libros? —continué.
—Sí —respondió de nuevo el monacillo— y hay uno al que le tienen especial aprecio. Se llama el Libro Vermello y el cura dice que cuenta nuestra historia.
—¿Tú lo has visto? —quise saber.
—¡Claro! —repuso—. Lo he visto muchas veces. Se lo enseño a los nobles cuando se lo piden al cura.
Inquieta y nerviosa le dije:
—¿Y qué hay dentro?
El monacillo se rió y contestó con arrogancia:
—¡Pues letras! ¿Qué va a haber?
Yo sonreí. Para él, las letras eran solo letras. Para mí, eran un mundo entero esperando a ser descubierto.
Esa noche la pasé casi entera imaginándome ese libro. Quería leerlo. Estaba sedienta de lectura, los libros de Muhammad me los sabía ya de memoria. Conocía las letras, pero me faltaban los libros.
El cura dormía largas siestas después de sus copiosas comidas, que regaba bien con vino. Convencí al monacillo, que se llamaba José, para que me dejara leer en la iglesia, cosa que no quería hacer por su temor al cura, que cuando hacía algo mal le azotaba sin piedad.
Finalmente José accedió, a cambio de unos dulces de los que hacía la madre de Muhammad para cada tarde. Y así me presentaba cada día en la iglesia, con mis dulces para el hambre del monacillo y mi sed de lectura.
Estaba desfallecida. Me dolían los pies y el hambre era intensa. Quise encontrar algún lugar escondido para pasar la noche. Andé un poco más hasta que vi las ruinas de un corral, hacia donde me dirigí. Me recosté sobre lo que quedaba de muro y asistí, triste, a la llegada del rojo intenso al cielo.
Al rato aparecieron las estrellas y volví a recordar cuando, tumbada en la hierba, las contaba, primero las más brillantes, luego las menos luminosas. Siempre había alguna estrella que caía y pensaba que así morían los astros. Comencé a contar:
—Yequé, dui, trin, ostar —bostecé.
—Panche, jobe —el peso de los párpados me impedía ver bien las estrellas.
— Ester, otor, nebel…
A la mañana siguiente me despertó un perro que lamía mis pies. Cuando notó mi despertar comenzó a menear el rabo y a pisarme el pie con una de sus patas.
Me levanté, hice mi atillo, me lo colgué al hombro y continué mi camino. El perro me siguió hasta que paré.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
El perro me miraba con sus vivos ojos como queriendo responder.
—Te llamaré Chuquel, que así es como llamamos a los perros.
—¡Chuquel! —grité.
El movimiento de su rabo me indicó que le gustaba ese nombre y me dije: mejor no seguir sola. ¡Hoy va a ser un gran día! Así continuamos el camino por una ondulada senda que iba entre el río y el camino. Mejor caminar al abrigo de los árboles. Chuquel iba un poco más adelante olisqueándolo todo. De vez en cuando se volvía y me esperaba.
Seguimos río arriba durante un buen rato. Me acompañaba el canto de los pájaros y el rugir de mi estómago. Tomé unas bayas y recordé: Quichí calí i murí bus gullí avela. Cuanto más oscura es la baya, más dulce es.
Sentada, mientras comía, Chuquel volvía a menear el rabo mientras su lengua colgaba y goteaba. Sus ojos me preguntaban:
—¿Y yo qué como?
Le tiré una baya pero la olió y me miró. Arrugó el entrecejo y, balanceando su cabeza, me ladró.
—¡Shhhhh!, ¡Maquela!
Se sentó de golpe y me miró fijamente.
Continuamos el camino hasta que el cansancio me hizo buscar abrigo para la noche. Y bajo un puente del río que tenía un anchurón lleno de hierba decidí quedarme.
Chuquel se fue y pensé que ya no lo volvería a ver. Pero al rato volvió con una culebra colgando de la boca. Me la echó cerca de los pies junto al fuego. Debí poner cara de asco, ya que Chuquel, con una pata, se la llevó para jugar con ella antes de comérsela de dos bocados. Me dije: los chuqueles jalan julistrabas. Yo no me la comería ni asada.
Me recosté con mi espalda en las frescas piedras del puente y Chuquel se acurrucó junto a mí. El cantar del agua del río me hizo sentir sueño mientras pensaba: la pañí, la pañí del len…
Me desperté tan cansada como cuando llegué al puente. Chuquel no estaba y pensé que nunca le faltaría de nada. Si se come una culebra y bebe del río, ¿qué le falta? Sin ninguna gana hice de nuevo mi atillo y reanudé el camino por la misma vereda junto al río. Al momento apareció Chuquel dando saltos y ladrando. Le repetí:
—¡Dosta! ¡Maquela!
Meneando el rabo caminó junto a mí toda la mañana sin separarse más de la cuenta.
Hasta que salió corriendo. Yo seguí andando. Noté un olor a carne asada que avivó los rugidos de mi hambriento estómago. Según me acercaba, vi una carreta como las nuestras y un par de mulas atadas a unos árboles. ¡Seguro que son gitanos!, pensé. Y con algo de desconfianza me fui acercando hasta que los escuché hablar. Su lengua era la de nuestros vecinos, la que aprendí de niña con Muhammad. A Chuquel le echaron unos huesos de cordero que devoraba sin reaccionar a mi llegada al fuego de los mudéjares.
— As-salam alaicum.
— Wa-alaicum as-salam —respondieron.
No eran gitanos. Pero pensé que serían buena gente, al igual que lo era Muhammad y su familia.
—Ando perdida en busca de mi familia. ¿No habréis visto un grupo de gitanos andando por estas tierras?
Uno de ellos, creyéndome mudéjar por mi habla, contestó:
—¿Y para qué buscas tú a esos gitanos? ¿Te han robado al marido?
Comenzaron a reír y yo me incomodé mucho.
—Yo soy gitana —aseveré con orgullo.
Chuquel se acercó a mí y se sentó a mis pies.
Sus rostros cambiaron y no dijeron nada hasta que una de sus mujeres se acercó a mí y me preguntó si había comido.
—Nada en tres días, señora —respondí.
El de la broma del marido señaló:
—Pues tu perro sí que ha roído bien los huesos que le echamos.
Yo sonreí, sabiendo que Chuquel disfrutaba tanto una culebra como unos huesos con bastante carne alrededor.
Se levantó y, acercándose a mí, dijo:
—Hola, señora, le ruego que perdone mi torpeza, disculpe mis palabras. Yo soy Zacarías y esta es mi familia. Y no, no nos hemos encontrado con ninguna tropa de gitanos. ¿Sabes hacia dónde se dirigían? —añadió.
Yo les conté lo sucedido:
—Asaltaron nuestro campamento y lo quemaron. Mientras yo me escondía en un sembrado, ellos debieron huir a pie en otra dirección con alguna bestia y lo poco que pudieron salvar. Yo pensaba que hacia el sur, pero ya veo que me equivoqué de dirección. Mis lágrimas comenzaron a derramarse y Chuquel, que siempre estaba pendiente de todo, se me acercó gimiendo. Zacarías sacó su pañuelo para que me secara.
—Siento lo ocurrido —continuó—, y te pido que no te preocupes, si quieres puedes venir con nosotros. Avanzamos rápido, estos caminos se han vuelto peligrosos y queremos llegar a Granada cuanto antes.
—Además, seguro que encontramos a los tuyos ya repuestos y de camino —añadió.
¿Sería esta la senda que me acercaría a ellos o la que me alejaría definitivamente de mi gente?
—Shukran. Muchas gracias. Me llamo Nebí, y agradezco vuestra hospitalidad —dije.
—Ahora debes comer. Pensaba que el gruñido que escucho era de tu perro, pero veo que son tus tripas —dijo sonriendo.
Me condujo al fuego mientras me presentaba a sus familiares, que permanecían en silencio y me miraban con curiosidad. Un buen trozo de cordero hizo que me llegara el aliento de vida que necesitaba. Comí y bebí mientras les contaba con pena lo que me había sucedido. Chuquel pudo esperar con calma su hueso.
Al día siguiente reanudaron su marcha conmigo en su grupo. Se dirigían hacia el sur. Hacia el reino de Granada, donde decían que serían bien acogidos y tenían ya familiares que habían emigrado años atrás.
Zacarías me contó que siglos atrás, toda la península era un califato, con un solo rey al que llamaban Califa.
—Nuestra historia es muy antigua. Muchos de nuestros antepasados vinieron de Oriente y otros del norte de África. Hicieron de este reino un faro cultural que daba luz al mundo entero. Y que uno de estos califas construyó una biblioteca de varios cientos de miles de libros.
Yo no sabía si creer sus palabras como ciertas. Zacarías cada noche contaba historias que eran pura fantasía. Aunque poco a poco pude darme cuenta de que además de esos cuentos para la noche, me contaba cosas sobre la historia de sus gentes que sí que habían sido realidad tiempo atrás.
Una tarde, yo iba en la parte de atrás de la carreta con los pies colgando tanto como mi melancolía. Miraba hacia atrás en el camino e imaginaba todas las diferentes rutas que habría podido tomar mi familia.
Zacarías se acercó con el caballo que montaba y, notándome más cómoda en su compañía y en la de su familia, quiso saber:
—¿Marchabas con tu marido, tus padres y tus hermanos en la caravana?
—Con mis padres y hermanos, yo no estoy casada —respondí.
Zacarías sonrió y, como respuesta, dijo:
—Te casarás conmigo.
Su soltura me contrarió.
Atardecía y agradecí a mi Devla que esa noche por fin pudiera descansar sin miedo. Agradecí que los moros me acogieran en su caravana. Miré a Zacarías mientras avivaba el fuego y cuando levantó la vista y me miró a través de las llamas, sentí que me estaba enamorando.
¿El amor llega así, de esta manera?
—¿Vienes conmigo a por leña? —me preguntó Zacarías acercándose a mí y tendiéndome la mano.
Yo, decidida, acepté:
—Sí, vayamos.
Nos adentramos en una alameda que había junto al río y fuimos cogiendo rama tras rama, hasta que Zacarías se aproximó a mí, juntando su manojo de leña con el mío hasta que cayeron todas las ramas a nuestros pies. Me besó.
Instintivamente yo salí corriendo entre los álamos, recordando cuando corrió mi bata con mi bato por esos bosques y pensando que esa sería mi hora para ofrecer mis rosas. Lo contenta que se pondría mi bata cuando le enseñara el pañuelo, pero eso sí que no ocurrirá.
Zacarías me seguía sin querer alcanzarme, mi huida era ese juego entre los árboles, abrazándolos, serpenteando entre ellos, para finalmente recostarme en uno y esperar a ser atrapada.
Volvió a besarme mientras el húmedo sonido del río nos envolvía.
Zacarías me miró con su rostro iluminado por la luna y me susurró:
—Quiero casarme contigo, Nebí —y añadió—, pero debo seguir la tradición de los míos, y al menos, ya que no puedo contar con el permiso de tu gente, sí debo pedir el permiso de mis padres.
Regresamos y paramos donde habíamos dejado caer la leña para recogerla entre besos.
—Mi familia me tiene por loco —confesó—. No les gusta que dedique mi vida a la escritura y menos que haya rechazado tantas veces el matrimonio. Nunca había sentido esa necesidad hasta ahora. ¿Me contarás cómo es que una gitana habla el árabe?
—Es una larga historia, Zacarías, creo que tenemos mucho que contarnos.
Al regresar al campamento, dejamos la leña junto al fuego y sin dudar un momento Zacarías se acercó a su padre, a quien dijo, agachándose con respeto:
—Padre, quiero casarme con esta mujer.
Yo esperaba que se formara una buena, como pasó con mi padre, y que acabara yo con la cabeza rota, pero no fue así. Su madre se levantó para abrazarle y dar gracias a Allah porque finalmente se casara.
Su padre, ante la respuesta de su madre, aceptó. Y todos comenzaron a dar palmas y cantar. Zacarías me tomó de las manos y me miró sonriendo con ternura y bailamos al son de su canción.
A las pocas semanas llegamos a Granada. Y no, no era una ciudad de oro. Aunque su impresionante castillo, iluminado por los últimos rayos de sol de ese día, mostraba un dorado cálido muy cercano.
Llegamos a un barrio al que llamaban el Albaicín, con unas callejuelas tan estrechas que pensé que la carreta quedaría atascada entre las blancas casas.
Sus familiares se llenaron de alegría al verles de nuevo y les presentaron a los nuevos miembros de la familia que habían nacido tras su llegada a la ciudad.
Y también me presentaron a mí:
—Esta es Nebí —dijo feliz Zacarías.
—Y pronto nos casaremos —añadió.
Yo había sido invitada a muchas bodas de los mudéjares en Daroca, pero ninguna como la mía.
Me bañaron, me peinaron, me perfumaron y me vistieron con finas sedas que dejaban ver solamente mis ojos. Y embellecieron mis manos y pies con preciosos dibujos hechos con henna y mi palma con un redondel.
Luego me llevaron sobre un palanquín hasta donde me esperaba Zacarías a lomos de un caballo.
Las mujeres cantaban y daban palmas, y jaleaban con sus zagarit al aire. Los hombres, alrededor, con sus panderos y chirimías y albogues.
La fiesta duró dos días, aunque nosotros nos escapamos en silencio cuando tuvimos oportunidad.
Nuestro amor y deseo se consumaron y regresamos resplandecientes con la felicidad en nuestros rostros. Zacarías pidió a su madre que nos acompañara a nuestra habitación. Allí le mostró las sábanas que delataban la pérdida de mi virginidad.
Comprendí que eran las rosas que mi madre nunca vería, lo cual me llenó de tristeza. Para ellos no había mayor orgullo. ¡Tantas veces me había hablado del rito gitano del casamiento! Pero yo, cuando lo viví, no tuve oportunidad de compartir con ella.
Recibí mi acidaque tal y como prescribe la ley islámica, lo que sí fue toda una sorpresa. Zacarías fue quien me animó a comprar alguno de esos pergaminos que había visto en la Alcaicería. Así lo hice.
Había tratados de agronomía, medicina o astrología. Pero yo quise leer esos escritos de filosofía de los griegos a quienes conocía por los relatos de Zacarías sobre Iskandar.
Celebramos nuestro primer año en Granada con la llegada de nuestra querida hija.
Nació como una luminosa flor. Ojos negros, pelo negro. Calé bal, kalé acais, le decía, tratando de que también se familiarizara con la lengua de su origen gitano.
Y pasados unos años, se convirtió en la niña más inquieta y curiosa de todo el Albaicín.
Se rodeaba siempre de niños, y ya fueran sus primos o sus vecinos, todos hacían lo que ella quería.
Y en más de una ocasión los vecinos trajeron quejas de ella, bien por lo inadecuado de sus compañías o por la falta de algunas frutas de sus huertos.
Pese a eso, nuestra vida fue apacible en Granada y envejecíamos felices mientras veíamos a nuestra hija convertirse en una preciosa mujer.
En esos tiempos las intrigas entre los reyes se sucedían y el acoso de los cristianos sobre sus fronteras preocupaba a todos los granadinos.
Los reyes cristianos iban conquistando ciudades y pueblos, arañando las fronteras y deshilándolas como si de un tejido bellamente brocado se tratara.
Y al final, todo se deshizo. Los cristianos se hicieron con Málaga, luego cayó Almería y con Granada atrapada por todos los flancos, los reyes católicos plantaron las herraduras de sus caballos en la mismísima Alhambra.
Todo estaba perdido y la incertidumbre se adueñó de todos nosotros, pese al buen talante de sus capitulaciones, en las que firmaban que dejarían que siguiéramos viviendo con nuestras costumbres y usos.
A la caída de Granada comenzaron a llegar gentes que venían de todos los lugares y también llegaron gitanos. Se instalaron en unas cuevas que había junto a nuestro barrio, el Albaicín, y comenzaron a oírse sus cantos desde lejos en la oscuridad de la noche.
Mi bata me contaba cómo era la vida errante de los gitanos, cómo fue su juventud y cuánto la añoraba. Yo escuchaba y reconocía sus canciones como mías, aunque no las hubiera escuchado nunca.
Hasta que una noche de luna llena pedí a Zacarías que me acompañara a visitar sus cuevas. Todos estaban en la calle formando un gran corro alrededor del fuego, nosotros los miramos desde lejos, sin atrevernos a acercarnos. La música resonaba en mi pecho y mi corazón se acompasaba a su ritmo. Era mi música, la música de mi gente. Las chavalas bailaban y los chavales roneaban con ellas. Los hombres bebían y se contaban sus cosas mientras las mujeres cantaban y daban palmas.
Una tarde, bajando las cuestas que conducían al centro de la medina, unos gitanos estaban en una plaza haciendo tratos para vender un caballo.
Cuando les vi, se me paró el corazón y mi alma se elevó. Eran mis hermanos.
—¡Planés, planés! ¡Hermanos!
—¡Nebí! ¡Plañí! ¿Sinelas tucue? Undebel sinela baró.
Me abrazaron con fuerza y me sentí tan feliz que mi corazón iba a reventarme el pecho.
—¿Qué ocurrió? Te dábamos por mullí, pensábamos que te habían matado. ¡Qué alegría se llevará la bata!
Mi madre era ya una anciana muy cansada. Maltrecha por los caminos y los sufrimientos. A mi padre le quedaba solo un hálito de vida, enfermo desde hacía algún tiempo. Mi madre decía que a veces se despertaba gritando mi nombre:
—¡Nebí!, ¡hija, dónde estás!
Cuando me vio, sus lágrimas no cesaron de caer en un buen rato y se cogió fuerte de mi mano, hasta que dejó de apretar. Sus lágrimas cesaron y su mirada quedó fija en mis ojos.
Había muerto.
Pasó media vida culpándose de mi pérdida, al igual que lo hacía mi madre. Andaron acompañados de sus penas por estos reinos en los que ya no eran bien recibidos y en los que recibían más palos y desprecios que ayuda.
Yo no supe cómo encajar esa desgracia. Perderme fue la primera mala pasada que me jugó la vida, pero el destino quiso que sobreviviera. Ahora, perder de nuevo a mi padre me causó un enorme pesar, del que pensaba que no me podría recuperar.
Soy Nebí, que significa nueva, y así viví. Nací en 1428 y fui una de las primeras gitanas que vio la luz en estos reinos donde abandonamos nuestras carretas y ya no sé ni cómo se llaman.




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